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2007 - Muestra Conjunta en el Pabellón de las Artes de la UCA
  Texto del Dr. Miguel Ángel De Marco
Director del Departamento de Historia. Facultad de Filosofía y Letras. UCA

Introducción

El rechazo de las invasiones inglesas, concretadas por fuerzas superiores en número y probadas en diversos campos de batalla, puso en marcha un proceso de toma de conciencia de las propias fuerzas en que los nativos sintieron que poseían elementos suficientes para una futura empresa revolucionaria. La memoria de los episodios de la Revolución Norteamericana, en que el pueblo había terminado por expulsar a sus dominadores, volvía a campear con fuerza en el imaginario colectivo.

Como ha dicho el notable historiador militar argentino, general José T. Goyret: “Desde el punto de vista militar, la trascendencia de los acontecimientos provocados y motivados por las invasiones inglesas fue extraordinaria, al punto que sin su conocimiento y comprensión son inexplicables los hechos políticos y militares de 1809, y fundamentalmente, de 1810”.

Durante aquellos episodios, los jefes militares españoles con el virrey Sobre Monte, que tenía el grado de brigadier a la cabeza, quedaron al descubierto en su impericia e ineptitud para el mando. En los días de la Reconquista y de la organización y ejecución de la Defensa, la palabra patria se empleó con una frecuencia hasta entonces desconocida y los criollos no fueron ya conducidos sino conductores. La organización del ejército, promovida por el Congreso General del 14 de agosto, significó para el pueblo de Buenos Aires liberarse de ataduras formales y encarar lo que puede ser denominado “un ejército popular”, al modo de los que fueron creados en la Francia revolucionaria.

No es del caso señalar en estas palabras introductorias, el desarrollo de los acontecimientos que llevaron a Gran Bretaña a embarcarse en un proyecto que consideró beneficioso para sus objetivos en materia internacional y, obviamente, para sus fines comerciales. En cambio corresponde insistir en esa voluntad de sacrificio y de victoria que impulsó el gran esfuerzo de la reconquista en el que pocos estuvieron ausentes en ambas márgenes del Plata. Los reveses sufridos por combatientes bisoños frente a tropas veteranas al mando de un jefe experimentado como el brigadier William Carr Beresford, a partir de su desembarco en Quilmes el 25 de junio de 1806, se trocaron en triunfo cuando el capitán de navío Santiago de Liniers logró vencer la resistencia británica y obtener, el 12 de agosto de 1806, la capitulación del jefe adversario a quien la generosidad de su corazón quiso evitarle la deshonra de entregar su espada. Generosidad que también manifestó el conjunto de la población, restañando las heridas de los enemigos y brindándoles una hospitalidad de raigambre hispana y cristiana, una vez consumada la derrota.

Sin embargo, no habría nuevas sorpresas. La voluntad de precaverse frente a la posibilidad de otros ataques, centrada en las figuras de Liniers y de Martín de Álzaga, permitiría alcanzar los laureles de una magnífica victoria. Para expresarlo con palabras que eligió la madre de un futuro héroe, María Mercedes González de Lavalle, cuando dispuso que se batiese de su peculio en Chile, en 1808, una importante medalla que ha vuelto a acuñar la Academia Nacional de la Historia en adhesión al bicentenario: “Pudiste sorprenderme pero no vencerme” –en alusión, respectivamente, al desembarco de 1806, y a la rendición incondicional del general John Whitelocke, el 6 de julio de 1807.

Los nativos constituyeron cinco fuertes batallones de infantería. Los Patricios reunían a los vecinos de Buenos Aires; los Arribeños, a los de las provincias del interior. Además se organizaron seis escuadrones de caballería, un batallón de granaderos provinciales y otro de cazadores correntinos, además de un cuerpo de artillería, compuesto por hijos de la tierra, en que se mezclaban blancos, pardos, indios y negros.

En cuanto a los españoles, se dividieron en cinco tercios: Andaluces, Cántabros, Catalanes, Gallegos y Montañeses, sin que cada uno fuera exclusivo de la región que representaban, pues ingresaron oriundos de otros lugares e hijos de peninsulares nacidos en el Virreinato. Por su parte, el Cabildo equipó su propio cuerpo de artillería, denominado de la Unión. Además, para la hora de la lucha, estuvieron codo con codo la marinería y fuerzas de desembarco del Apostadero Naval de Montevideo.

Los soldados elegían a sus oficiales, y éstos a los jefes. Pero dicho procedimiento no afectó la disciplina en las diversas circunstancias.

Cada unidad contaba con vistosos uniformes, adquiridos con el peculio de sus propios integrantes, quienes se hacían cargo de solventar el vestuario de los soldados que no contaban  con recursos para adquirirlo. Las banderas distintivas de los cuerpos eran también producto del aporte económico de sus miembros. Cornelio Saavedra, Juan Martín de Pueyrredón, Martín Rodríguez, Manuel Belgrano, Antonio Ortiz de Ocampo y otros hombres de Mayo de 1810, recibirían su bautismo de fuego en las jornadas de 1806 y 1807.

 Excepto los marinos del Apostadero, casi todos debieron capacitarse en las artes de la guerra, pues hasta entonces, salvo en contadas ocasiones, habían sido convocados sólo en forma circunstancial. Y Liniers, el que mayor capacidad militar tenía, aunque fuese más ducho a las refriegas navales que a los combates terrestres, supervisó cada movimiento, para cerciorarse de que los jefes y oficiales se regían por una misma táctica para la lucha y empleaban voces de mando iguales para ordenar los respectivos movimientos y evitar de ese modo las confusiones en el combate.

Los veteranos británicos, no encontrarían un puñado de atolondrados sino hombres orgullosos y decididos, con una instrucción capaz de darles eficaz batalla.
 Así fue. Tras el desembarco inglés, el 28 de junio, en la Ensenada de Barragán, el toque de generala, el tañido de la campana del Cabildo y los disparos de artillería convenidos, pusieron a los habitantes sobre las armas. Más allá de ciertos errores tácticos del propio Liniers, no se perdió el control de los movimientos enemigos, que encontraron una resistencia denodada cuando decidieron tomar los puntos que podían darles el dominio de la ciudad. Al producirse el ataque general, el 5 de julio de 1806, la suerte de las armas en cada lugar fue variada, pero finalmente, un completo triunfo coronó los esfuerzos de los defensores. Al capitular Whitelocke dejó en Buenos Aires cerca de 2000 hombres entre muertos y heridos, es decir de la cuarta parte de los que entraron en combate, y más de 1000 prisioneros. En cuanto a los defensores, contaron sus pérdidas en 302 muertos y 514 heridos, entre ellos 37 oficiales.

A doscientos años de tan notables sucesos, la Universidad Católica Argentina ha querido promover en el ámbito de su Pabellón de las Artes una exposición en la que se brinde al público en general, a través de pinturas, grabados, objetos y libros provenientes de museos y colecciones particulares, una visión de la época, de sus grandes personajes y de esos hombres y mujeres que supieron ser consecuentes en la defensa de valores y principios por los que creían digno y honroso ofrecer sus bienes y aun sus vidas.


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